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VOLUNTARIADO ATRESMEDIA

TRES A CAMBOYA, el blog
Hace sesenta años el Dalai Lama huyó de Lhasa, en Tíbet, hacia el exilio

El Palacio de Potala, el paraíso sobre la montaña de Buda en el Tíbet

En Lhasa, la capital del Tíbet, hay un feo obelisco que no llama nada mi atención. Es el Monumento a la Liberación Pacífica del Tíbet. Lo han levantado, evidentemente, los chinos y lo de "pacífica"  hará indignar a más de uno. Estos días se cumplen 60 años de la fecha en que el Dalai Lama Tenzin Gyatso huyó de una Lhasa ocupada por el ejército chino. Frente a ese insulso monumento se encuentra uno de los lugares más espectaculares del mundo. El palacio de Potala, residencia de los Dalai Lama hasta ese 1959, ha superado seis décadas de ausencia de su inquilino más conocido.

 

 

El Palacio de Potala, en Lhasa, fue residencia de los dalai lama hasta 1959. Foto: Marino Holgado El Palacio de Potala, en Lhasa, fue residencia de los dalai lama hasta 1959 | Foto: Marino Holgado

Marino Holgado  |  Lhasa (Tíbet)  | Actualizado el 12/03/2019 a las 18:38 horas

Desde el centro de la inmensa, vacía y fría plaza situada frente al palacio de Potala, contemplo la inmensidad de un edificio impotente y sobrecogedor, de 130 metros de altura aprovechando su construcción sobre la Colina Roja, la colina de Hongsham, en el centro de Lhasa. En lo más alto imagino al último Dalai Lama siendo aún adolescente mirando con su catalejo la vida de los tibetanos aquí abajo. Y lo imagino también con 23 años saliendo camuflado de este lugar camino del exilio. Con un pequeño grupo de personas cruzó el Himalaya hasta llegar a India.

El Palacio de Potala se alza por encima de la ciudad de Lhasa. Foto:Marino HolgadoEl Palacio de Potala se alza por encima de la ciudad de Lhasa, capital de Tíbet | Foto: Marino Holgado

El inmenso Potala, con su millar de estancias, ha sido la residencia de los dalai lamas desde el siglo XVII, cuando el quinto Dalai Lama decidió trasladar aquí su residencia desde el monasterio de Drepung. A esa época debemos gran parte de la construcción actual del palacio, aunque los orígenes del edificio se remontan a mil años antes. Contemplándolo desde el exterior se perciben dos partes claramente diferenciadas.

El Palacio Blanco y el Palacio Rojo forman el Palacio del Potala. Foto. Marino HolgadoEl Palacio Blanco y el Palacio Rojo forman el Palacio del Potala | Foto: Marino Holgado

La parte inferior, el Palacio Blanco, era la zona residencial del Dalai Lama y donde se concentraba el poder político. Arriba, el Palacio Rojo, es el recinto dedicado al estudio y la oración, con una sucesión de capillas, salas de meditación, bibliotecas con valiosos escritos budistas o una gran estupa funeraria. Entre medias el edificio amarillo guarda las grandes banderas con símbolos sagrados que ondean en las celebraciones. La subida hay que tomarla con calma, pero el esfuerzo merecerá la pena. Ascender caminando es como se ha hecho desde que se construyó en 1648 y es la mejor manera de apreciar la grandiosidad del edificio, el destino soñado por muchos viajeros y, sobre todo, por todo tibetano.

El Potala es un palacio, no un templo, aunque tenga alma de monasterio. Símbolo del poder de la teocracia tibetana, la unión del hábito y la corona aplastada por la invasión china, ahora es un museo. Los visitantes apenas podemos ver una parte de sus 1000 habitaciones. Curiosamente, las autoridades chinas han conservado las estancias privadas de su último inquilino tal como las dejó camino del exilio quien hoy es uno de sus mayores enemigos. También pueden verse ocho pagodas con restos de varias generaciones de dalai lamas.

Mujeres tibetanas paseando por Lhasa, en Tíbet. Foto: Marino HolgadoMujeres tibetanas paseando por Lhasa, en Tíbet | Foto: Marino Holgado

La visita se hace acompañados de un guía, tibetano mejor que chino, para entender el significado de cada lugar que se observa. Aunque también es probable que un profano del budismo no llegue a entender nunca del todo algunas explicaciones. No hace falta decir que en ningún rincón de los 360.000 metros cuadrados del Potala veréis una foto del actual y exiliado Dalai Lama.

Como museo que es, entre los muros del Potala no esperéis ver demasiada vida. No hay monjes con sus divertidos debates, que sí podréis ver en otros lugares de Lhasa. No hay plegarias ni ceremonias entre el humo de las velas. Los tibetanos no reconocen legitimidad a los monjes del Potala porque están impuestos y controlados por Pekín. Apenas hay algunos talleres de telares o de pintura. Y está terminantemente prohibido hacer fotos en el interior de las estancias.

Peregrinos budistas hacen la "kora" en el barrio de Barkhor, el centro de Lhasa. Foto; Marino HolgadoPeregrinos budistas hacen la "kora" en el barrio de Barkhor, el centro de Lhasa | Foto: Marino Holgado

Para empaparse del ambiente tibetano, de sus templos cargados del humo de las velas, de los monótonos rezos de los monjes, de sus ruedas de plegarias, de los peregrinos arrastrándose por el suelo de las calles mientras realizan una kora, una peregrinación circular en torno a los lugares sagrados..., para todo esto hay que ir al barrio de Barkhor, el centro histórico de Lhasa en torno al veneradísimo templo de Jokhang. Ahí encontrarás todo lo que eches de menos en el Potala.

Peregrinos tibetanos en el templo de Jokhang, en Lhasa. Foto: Marino HolgadoPeregrinos tibetanos en el templo de Jokhang, en Lhasa | Foto: Marino Holgado

Desde mi ventana del hotel, por encima de los tejados de la vieja Lhasa, veo el Potala al fondo. Cuando el V Dalai Lama ordenó su construcción en 1645 buscaba erigir un símbolo perdurable para la institución que encarnaba. Desde luego que lo logró. El Potala se ha convertido en guardián de un poder que ya no existe. El viajero debe saber que no visita sólo un monumento espectacular. El Potala es, ante todo, un símbolo y un sentimiento.

DATOS PRÁCTICOS PARA LA VISITA. Viajar al Tíbet requiere sus trámites. Además del visado para China, necesitarás el Permiso de Entrada al Tíbet. Lo tramitan las agencias especializadas. La forma más rápida de llegar es volar a Chengdú, capital de la provincia de Sichuan, y desde aquí volar a Lhasa. No podrás embarcar sin el Permiso de Entrada.

Frente al Potala, el Monumento a la Liberación Pacífica del Tíbet. Foto. Marino HolgadoFrente al Potala, el Monumento a la Liberación Pacífica del Tíbet | Foto: Marino Holgado

No es posible visitar Tíbet por libre. Eso no significa que tengas que ir en grupo. Sólo que tienes que ir con un guía autorizado, aunque sea para ti sólo. Tampoco tienes que estar siempre con el guía. Nadie te impide callejear por tu cuenta. Pero en los monumentos, y sobre todo en el Potala, el guía es necesario. Ponte en manos de una agencia en España con experiencia en Tíbet y elige la que trabaje allí con personal tibetano mejor que chino. La experiencia será más satisfactoria.

El Palacio de Potala se ilumina de noche. Foto: Marino HolgadoEl Palacio de Potala se ilumina de noche | Foto: Marino Holgado

En Tíbet siempre estarás por encima de los 3.650 metros de altitud (es la altura  de Lhasa). Eso no tiene por qué suponer un problema, pero hay personas más sensibles al mal de altura. Y ten en cuenta el clima político. En épocas de celebraciones multitudinarias, en el aniversario de los sucesos de marzo de 1959 o si hay protestas políticas, pueden prohibir entrar en la zona.

 

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Marino Holgado

Marino Holgado (Eibar, 1965) es reportero de televisión y viajero. Periodista del Área de Nacional de los Informativos de Antena 3 Televisión desde 2000, especializado en Interior, Tribunales, Sucesos o Inmigración, entre otros temas. Lleva 29 años ejerciendo la profesión en periódicos, radio y televisión. En 1995 se incorpora a Antena 3 Televisión, donde trabajó en programas como "Se Busca", "A Toda Página", "Espejo Público". En el año 2000 se incorporó a los informativos diarios. En este blog viajero quiere ofrecer propuestas de lugares de todo el mundo que ha podido disfrutar, así como recoger noticias y escuchar propuestas de otros viajeros.

Correo-e: mholgado@antena3tv.es.

Twitter: @marinoholgado

 

 

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