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VOLUNTARIADO ATRESMEDIA

TRES A CAMBOYA, el blog
DESTINOS: El Barkhor conserva las esencias más tradicionales del Tíbet

Lhasa, peregrinando en el techo del mundo

Estirar los brazos sobre la cabeza, caer de rodillas, tumbarse boca abajo, tocar con la frente y las palmas de la mano el suelo, levantarse y repetir el gesto una y mil veces avanzando apenas un par de metros en cada ocasión. Peregrinar de esta forma hasta el templo de Jokhang, en Lhasa, es el anhelo de los budistas más fervorosos del Tíbet. Otros, la mayoría, lo hacen caminando y haciendo girar sus molinillos de oración. El Barkhor, la calle más o menos circular que rodea el templo, es la penúltima etapa de esta peregrinación, un fascinante paisaje donde confluye el pasado y el presente; un lugar en el que lo único que ha cambiado en los últimos siglos es la mercancía que ofrecen las tiendas que lo circundan.

Peregrinas tibetanas en el Barkhor, en Lhasa. Foto: Marino Holgado Peregrinas tibetanas en el Barkhor, en Lhasa | Foto: Marino Holgado

Marino Holgado  |  Lhasa (Tíbet)  | Actualizado el 25/04/2012 a las 09:54 horas

El Palacio de Potala es la imagen de Lhasa, el lugar que el viajero anhela ver con sus propios ojos, el espectacular símbolo del poder político y religioso de un derrocado Dalai Lama. Pero el centro espiritual de la capital del Tíbet, el lugar al que todo tibetano desea peregrinar al menos una vez en la vida, está escondido en el casco antiguo de la ciudad. Podrías pasar por delante de su puerta sin reparar en el edificio, sin girar la vista hacia él. Sólo la presencia constante de gente postrada ante su puerta, elevando los brazos, arrodillándose y tumbándose en el suelo repetidamente te hace ver que has llegado al Jokhang, el lugar más venerado por los budistas tibetanos.

Budistas tibetanos postrados ante el templo de Jokhang, en Lhasa. Foto: Marino HolgadoBudistas tibetanos postrados ante el templo de Jokhang, en Lhasa | Foto: Marino Holgado

El templo apenas sobresale en altura de las casas que lo rodean y sus paredes, de color blanco y forma trapezoidal, son las habituales de la arquitectura tibetana. De hecho, en 1985 las autoridades chinas mandaron derribar docenas de edificaciones centenarias situadas frente al edificio para crear la plaza que da realce al lugar. No lo hicieron con ese fin, sino más bien para controlar mejor posibles protestas. Pero ahí está, dando al templo una solemnidad que quizá no esperaban.

El templo de Jokhang, en Lhasa, el más venerado por los tibetanos. Foto: Marino HolgadoEl templo de Jokhang, en Lhasa, el más venerado por los tibetanos | Foto: Marino Holgado

El motivo de tanta devoción es una estatua, el Jowo Sakyamuni, una figura de Buda que, según las leyendas más apasionadas, talló un artista observando al natural al mismísimo príncipe Sidharta. De hecho, el nombre de Jokhang deriva de Jowokhang, la capilla de Jowo. El templo se levantó allá por el año 647 por orden del rey Songtsen Gampo y, desde entonces, acoge esa singular figura que cualquier tibetano, sea o no realmente contemporánea del profeta, ansía ver.

El Barkhor guarda las más tradicionales esencias tibetanas. Foto: Marino HolgadoEl Barkhor guarda las más tradicionales esencias tibetanas | Foto: Marino Holgado

Pero lo que al viajero más le atraerá será el Barkhor, un circuito formado por las cuatro calles que rodean el Jokhang, 800 metros sagrados que el peregrino tibetano recorre siempre en el sentido de las agujas del reloj y que es un auténtico microcosmos del Tíbet. Hasta aquí llegan desde los más alejados confines de un país en el que los confines quedan verdaderamente lejos. Al llegar a Lhasa recorrerán el llamado tercer anillo, el que rodea la ciudad de Lhasa, y después de este segundo anillo, el Barkhor, llegarán al primero, ya en el interior del templo. Tres recorridos imprescindibles si se busca la iluminación.

Los budistas tibetanos recorren el Barkhor en el sentido de las agujas del reloj. Foto: Marino HolgadoLos budistas tibetanos recorren el Barkhor en el sentido de las agujas del reloj | Foto: Marino Holgado

El Barkhor, un mosaico de gentes. Foto: Marino HolgadoEl Barkhor, un mosaico de gentes | Foto: M. Holgado

Sentarse en cualquier lugar de este circuito y dejar pasar las horas observando al paisanaje no dejará resquicio al aburrimiento. El Tíbet es, aún, un conglomerado de etnias y pueblos, cada una con sus ropajes y sus peinados, cada una con su cultura y sus costumbres, aunque cada vez más homogeneizados por la aplastante cultura china del consumo. No debe decepcionarse el viajero cuando vea a peregrinos protegerse del sol con anodinos gorros "made in China". La espera siempre se verá recompensada.

El Barkhor no es sólo un circuito de calles, es todo un barrio, el que mejor ha resistido la influencia de la cultura han llegada desde China. En el Barkhor las calles siguen siendo estrechas y laberínticas, las casas mantienen la estructura tradicional tibetana: los muros blancos, las ventanas enmarcadas en negro, la forma ligeramente trapezoidal... Las grandes avenidas y los edificios de acero y cristal de la nueva Lhasa aquí no tienen cabida. Tampoco los karaokes. Difícil saber como era Lhasa hace un siglo, pero probablemente se parecía bastante a esto.

El Barkhor están lleno de tiendas y puestos callejeros. Siempre ha sido así: ¿qué mejor lugar para un mercader que una zona siempre transitada? Hay de todo en una oferta dirigida tanto al turista extranjero como a los propios tibetanos llegados a la capital: desde las campanillas que los monjes utilizan para sus ceremonias hasta cualquier objeto de la iconografía comunista china, desde los tradicionales thangkas budistas hasta el Libro Rojo de Mao.

La rueda del "dharma" del Jokhang. Foto: Marino HolgadoLa rueda del "dharma" del Jokhang | Foto: M. Holgado

Pero la presencia de los mercaderes no resta un ápice de espiritualidad al lugar: los manikor, los molinillos de oración dando vueltas permanentemente en manos de los peregrinos siempre en el sentido de las agujas del reloj, y las banderas de oración agitadas por el viento, esparcen oraciones y mantras intangibles por todos los rincones del Barkhor. La entrada al templo del Jokhang está presidida, en lo alto, por la rueda del dharma: sus ocho ejes representan los ocho caminos necesarios para llegar a la iluminación, al nirvana. Algo que se antoja ciertamente complicado en el Tíbet de hoy.

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Marino Holgado

Marino Holgado (Eibar, 1965) es reportero de televisión y viajero. Periodista del Área de Sociedad y Cultura de los Informativos de Antena 3 Televisión desde 2000, especializado en sucesos, tribunales o inmigración, entre otros temas. Lleva 26 años ejerciendo la profesión en periódicos, radio y televisión. En 1995 se incorpora a Antena 3 Televisión, donde trabajó en programas como "Se Busca", "A Toda Página", "Espejo Público". En el año 2000 se incorporó a los informativos diarios. En este blog viajero quiere ofrecer propuestas de lugares de todo el mundo que ha podido disfrutar, así como recoger noticias y escuchar propuestas de otros viajeros.

Correo-e: mholgado@antena3tv.es.

Twitter: @marinoholgado

 

 

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