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VOLUNTARIADO ATRESMEDIA

TRES A CAMBOYA, el blog
CAMINO A MANDALAY

Angkor, acuarela camboyana en rojo y verde

¿Debemos dar gracias al hombre o a la naturaleza por el paisaje que tengo ante mis ojos? Difícil dilema.

Camino a Mandalay Angkor | Foto: antena3.com

Marino Holgado  |  Madrid  | Actualizado el 31/08/2011 a las 18:40 horas

¿Debemos dar gracias al hombre o a la naturaleza por el paisaje que tengo ante mis ojos? Difícil dilema. Porque Angkor existe gracias a los arquitectos del imperio Khmer, que levantaron la capital en el norte de la actual Camboya hace 1100 años. Pero también le debe a la naturaleza el manto protector que la selva extendió durante siglos sobre la ciudad abandonada.

Viajé a Camboya sólo para ver con mis ojos esa conjunción perfecta de árboles derramando sus raíces sobre los muros de los templos, ese abrazo entre naturaleza y piedra imposible de separar.

Como tampoco podía separar en mi cabeza el país de su historia, tremenda historia reciente vivida en primera persona por los hombres y mujeres con los que me cruzaba camino de la gran capital jemer. Una historia que estos días vive, en la capital camboyana, los últimos juicios a los responsables de un genocidio.

El conductor de mi moto-rickshaw lleva en la espalda de su chaleco el número 0690. El día anterior nos ayudó a encontrar hotel en Siem Reap y durante las próximas tres jornadas nos llevará a visitar las ruinas de Angkor. Sí, tres jornadas. Porque Angkor no se visita en unas horas, ni en un día. Hay quien lo hace, pero no vale la pena llegar hasta aquí para ver, sólo, los tres templos principales. Angkor no sólo hay que verlo, hay que disfrutarlo: recrearte en sus silencios, amanecer en un extremo, atardecer en otro, buscar el encuentro ocasional con sus gentes, descansar a la sombra en las horas de más calor...

Angkor hay que saborearlo y reposarlo
Dicen los manuales que la visita debe comenzar, al amanecer, ante la entrada del templo principal, de Angkor Wat, una maravilla del siglo XII. Es la ocasión de ver la silueta del templo y sus cinco torres recortadas sobre la luz del sol naciente. Bueno, es una opción, una opción en la que coincidirás con otros cientos de visitantes.

Pero será inevitable durante el recorrido por la ciudad, pese a sus 410 kilómetros cuadrados, coincidir en determinados puntos clave con cientos, quizá miles de personas, que intentan disfrutar del momento igual que tú. Hay que ir preparados para ello.

No hay que perderse, por ejemplo, el momento del atardecer en un templo-colina, el de Phnom Bakheng. Angkor se muestra aquí a los pies del visitante, que tiene ante sí un paisaje sobrecogedor de una selva salpicada aquí y allá por los templos de la que fuera capital del imperio jemer.

El día que yo lo visité me tocó compartir el momento con un grupo de surcoreanos, miembros sin duda de alguna secta religiosa, que amenizaron el ocaso con una selección de cantos de su congregación. El primero lo escuchas con curiosidad. A la media hora ya lamentas que no hubieran elegido otro día para congraciarse con el más allá.


Pero incluso con el hilo-místico-musical detrás de tus oídos, es fácil sentarse en el borde de la colina, mirar al más allá y olvidarte de todo lo que te rodea. También puedes darte el madrugón y venir aquí al amanecer, aunque nada te garantiza que eso mismo no lo hayan pensado otros cientos de personas ese mismo día.

Emplear varios días para visitar Angkor permite alargar los momentos dedicados a cada lugar y encontrar la soledad. Es posible e incluso probable quedarte a solas. Ta Prohm es uno de los lugares clave y cuando lo visité, al terminar el día, con el calor ya suavizado, no había ningún otro visitante.

Ta Prohm es el templo más fotografiado, aquel en el que las semillas han germinado en la humedad acumulada en los techos de los templos y los enormes árboles han desparramado sus raíces abrazando las piedras de los muros.

Cuando los franceses de la época colonial desbrozaron el terreno se dieron cuenta de que si quitaban los árboles se venía abajo el templo. Las raíces eran, ahora, las vigas de la estructura pétrea. Tuvieron que dejarlos, regalándonos a todos las impactantes imágenes que ahora podemos ver en el lugar (otra herencia fueron las maravillosas "baguettes" que hoy pueden comerse en Camboya, pero esa es otra historia).


Angkor no es un recinto cerrado y eso permite encontrar sorpresas por sus caminos. Los camboyanos que atienden los puestos de comida o de recuerdos vienen a trabajar con toda la familia y los niños juegan cerca de los negocios de sus padres. Es posible detenerse a hablar con ellos o a jugar con los más pequeños. Es una lástima que el contacto fugaz impida profundizar en la relación. Sé que todos los camboyanos que tengan más de 40 años han vivido el horror. Algunos, también, habrán sido los culpables.

No puedo evitar mirar sus rostros y tratar de imaginar lo que vivieron entre 1975 y 1979, durante los años de gobierno de los jemeres rojos: tres años, ocho meses y 20 días de la peor dictadura genocida del sureste asiático. 1.700.000 asesinados, 1250 crímenes por día. Una quinta parte de la población eliminada: no hay familia en Camboya que no tenga una tragedia (o varias) que contar.

Alguien dijo que Pol Pot, el sanguinario dictador, sonreía igual que las figuras del templo de Bayon. Es otra cita ineludible en Angkor, el templo de las caras, una filigrana de medio centenar de torres con enormes rostros sonrientes tallados en todos sus lados. Posiblemente de noche y con la iluminación adecuada crearán un gran desasosiego al visitante, pero a la luz del sol generan simpatía y buen rollo. A saber con qué intención las esculpieron sus autores.

 


Angkor da para mucho más. La terraza de los Elefantes, el templo de las Serpientes Entrelazadas, la ciudadela de Angkor Thom, el templo de Banteay Kdei, las centenares de delicadas esculturas de los bajorrelieves... Entre el rojo de la arcilla de su suelo y el verde del manto selvático, la civilización jemer nos legó una de las maravillas de la humanidad. Debería ser pecado perdérselo.

DATOS PRÁCTICOS: No hay vuelos directos entre España y Camboya. Lo más sencillo es llegar desde Tailandia. Si sólo se quiere visitar Angkor hay vuelos directos desde Bangkok a Siem Reap, la base para visitar la ciudad khmer. Siem Reap es una ciudad por y para el turismo, con hoteles desde lo más sencillo a lo más sofisticado, además de unos cuantos hoteles-boutique.

La entrada para Angkor vale 15 euros (pase de un día), 30 euros (tres días) y 45 euros (una semana). La extensión impide hacerlo caminando: se puede alquilar una bicicleta o una moto o, mejor, contratar un moto-rickshaw o un coche con conductor. Los precios dependen de la capacidad de negociación pero siempre son baratos.

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Marino Holgado

Marino Holgado (Eibar, 1965) es reportero de televisión y viajero. Periodista del Área de Sociedad y Cultura de los Informativos de Antena 3 Televisión desde 2000, especializado en sucesos, tribunales o inmigración, entre otros temas. Lleva 26 años ejerciendo la profesión en periódicos, radio y televisión. En 1995 se incorpora a Antena 3 Televisión, donde trabajó en programas como "Se Busca", "A Toda Página", "Espejo Público". En el año 2000 se incorporó a los informativos diarios. En este blog viajero quiere ofrecer propuestas de lugares de todo el mundo que ha podido disfrutar, así como recoger noticias y escuchar propuestas de otros viajeros.

Correo-e: mholgado@antena3tv.es.

Twitter: @marinoholgado

 

 

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